Begoña Egurbide nos dice que la obra de arte posee un espacio abierto. Yo, ahora, me apropio de una parte del espacio abierto para entrar, para encontrar otras miradas que se pueden sostener a partir de “Son dos almas, son dos jueces, son dos curas, dos torturas".

Como en un paseo atento en el que las obras presentadas son llaves para el pensamiento, mis ojos se recrean en vínculos extrañamente cercanos a algunas de las posturas más reclamadas en otros lugares de esta publicación.

 

Begoña Egurbide y Sixto Peláez dialogan con el eterno (al igual que el beso exhibido) de la división dual, como un ámbito esencial e irresoluble. W. H. Auden escribe que “toda la lucha de la vida es una lucha por trascender la dualidad y establecer la unidad o la libertad. La Voluntad, el Inconsciente, es ese deseo de ser libres. Nuestros deseos son nuestra idea de la existencia de las dualidades, es decir, de lo que los obstáculos representan para nuestra voluntad. No tenemos la libertad de desear no ser libres ". Sin embargo en el propio hecho de voluntad de ponerlo de manifiesto, con la acción artística y creativa, con lo poético, existe un referente para la superación de la dualidad. La pieza que prevalece sobre el eterno dual es, precisamente, la conciencia poética, la voluntad de trascendencia y su gesto. La lucha de Auden es la tercera pata del banco que sujeta la existencia y, justamente, esta exposición es paradigma de ello.

También lo es del deseo, del querer, intentar, poder, voluntad, consciencia e ingenuidad, palabras que me parecen absolutamente sugerentes por las cualidades de significación que tienen cuando hablamos de la idea de creación. Todas ellas, nos remiten al mundo y a su transformación y, de alguna manera, implican una postura activa, de cierta visión imaginada de una realidad, a menudo excesivamente somnolienta que, nos parece, necesita reaccionar con urgencia. Estas son palabras que no sugieren criterio, sino gesto y movimiento, tanto formal como mental. Son palabras, también, que construyen y definen sentimientos y nos dan la medida exacta de sus posibilidades en cuanto las aplicamos en el contexto del lenguaje desinhibido.

El lenguaje, un espacio total para la expresión, tendido de trampas, nos juega, en multitud de ocasiones, malas pasadas creando equívocos que nos llevan a construir complicados tinglados para proclamar cosas evidentes. Esto que sería legítimo desde una intención creativa, como manera de desbordar el clásico corsé que impide la búsqueda de la libertad expresiva, se transforma en patético cuando se utiliza de forma divulgativa y con ciertas pretensiones explicativas. En definitiva, queriendo ser claros. En el lenguaje que habla del arte, tendemos a definir conceptos mezclando modos con intenciones, circunstancias con fundamentos, de tal manera que si hablamos de plástica y poética desde el mismo nivel, contribuimos, sin desearlo a hacer más profunda una zanja que en ningún momento debería haber sido cavada. Se crean esquemas que dificultan el acercamiento y, sobre todo, la profundizaron.

 

La poética es inherente al arte, sea plástico o escrito o pensado, y por eso, a veces, es mucho más interesante el intento consciente de la búsqueda de la complejidad, que no sería sino la conclusión de la natural impregnación poética del deseo de expresar. En una afortunada secuencia de la película Parque Jurásico, uno de los personajes muestra su escepticismo, cuando le explican la imposibilidad absoluta de reproducción natural de los animales del zoo ubicado en la isla, porque han tenido la precaución de que sean todos hembras, cuando dice que, a pesar de todo, “la vida se abre paso, es incontrolable". Pues bien, la vida, la muerte y, también el arte. Lo creativo se abre paso, inventándose métodos y mecanismos para florecer. En todo caso, cuando se habla de la muerte del arte hay que traducirlo por la muerte de los sistemas del arte.

Resulta grato encontrar creaciones, como en esta ocasión, en las que conscientemente y desde una voluntad manifiesta, intentan conjugar el hecho poético y el plástico de manera natural y sin estridencias. La experiencia en esta dirección prepara una confrontación directa de la afirmación individual con los presupuestos de la aparente disolución colectiva. No es, desde mi punto de vista, un problema que afecte al concepto de individualidad frente al de colectivo, sino, hoy en día, el de autoexploración frente al de autogasificación que conduce a la muerte virtual. El conflicto interno es un matiz enriquecedor que habla de dualidades metafóricas superadas por la voluntad de trascendencia y, por el contrario, la lucha, en estos momentos, consiste en sobrevivir a otra perversa dualidad, la de ser en la realidad, en la ilusión y en el sueño o la de ser (no siendo) en la apariencia, la virtualidad y la simulación. Muestras como ésta en REKALDE-Area 2, ponen el dedo en la llaga en la aspiración de constatar que el damero en blanco y negro se transforma en la trinidad: blanco, negro y mi voluntad.

 © 2019 Begoña Egurbide

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