LAS AMAZONAS

 

 

Me abrí paso a hachazos Entre las grandes hojas verdes

velas verdes las alas verdes de la maleza y la fronda amazónica

Enjundiosa vegetación Desesperada Lanzada contra el vibrante cielo que desde su balcón de luz en explosión lo supervisaba todo y abocaba, voqueabay volcaba raudales de colores y temperatura

A mí. a tí y a nuestros amigos metidos en aquel

infierno de supervivencia devoradora

Caí y volví a salir del fango A levantarme empujado por una ola de fiebre que me mantenía en pie. en vilo kilómetro arriba kilómetro abajo, extático y proyectado contra las toneladas y los miles de murallas de vegetación acolchada del catafalco de la jungla en la que sin duda iba a quedar perdido sepultado olvidado como un ofidio, como tú, como mis amigos, por los que podía empezar a llorar, a llover La tierra chupa ES una canción Me absorbe Succiona la fibra de las venas y me parece correcto Me engulle lógicamente —Mata a García—.

me repetía, nos decía y. ¿qué más daba que lo matara yo o que fuera un poco más allá aquel estómago desbordado de la naturaleza.

La Tierra nata!, la que mata. El agua ahoga. El cielo quema. Enfrenta a los hombres, los vuelve locos y los devuelve al infierno originario. Locos de amor y de odio, exacerbados. Hombres en punta. De punta en blanco

La tierra mata Se mofaba de tí Se mofaba de mí Se mofaba de nuestros amigos y empleados

Hacía crujir las jarcias de los huesos y los juicios que sin parar nuestras conciencias emitían —Esto está bien aquello está mal!— pero en la mía. la manía quedaba a cubiero por la ola impetuosa —Mata a García Mátalo Mátalo— Reverberaba en el amazonas, en las murallas de la madera viva en el fango que pisábamos como condenados de pies desnudos

El agua apunta a la garganta, dispara y quema en frío: el sol escupe jirones de hielo que inyecta en los peldaños de las piernas. Nutridos en la ciudad, fabricados con gritos y golpes y recalentados en la costa hacia el oeste Yo me voy, ¿tú qué haces? (sirves al mejor) Servir al mejor De manera que cuando una de las mujeres cedió por el cansancio por el aplastante acoso de la naturaleza encarnizada, se repartieron el cuerpo A éste una pierna, a aquel la coraza de huesos del pecho pero a tí. más allá, a tí sólo te interesaban los dedos!

Entre la siembra angustiosa Entre los vivos Entre los vivos Entre las mieses de garbanzos Las mieses granuladas La sabanas onduladas de mieses de garbanzos La recolecta del garbanzo No basta con querer ser un asesino Hay que nacer con las manos manchadas de sangre y que cuando más de dos personas te miren fijamente y te digan, las dos, te queremos, tú mates a una de las dos y que cuando más de dos personas se fijen en tí. te miren detenidamente, tengas alma de ladrón, de delincuente para saber correr delante de los demás Se fijan en ti y sales corriendo Las hojas grandes y suculentas producen resbalones que te benefician Resbalones de tregua Regalos de la luz En la jungla nadie es culpable Todos nacen asesinos o muertos o morir o muertos de pánico Sepultados y ahogados Sangre Muerte La vergüenza

Yo me voy, ¿tú qué haces? Puedes venir conmigo así sabré donde ir ¿Dónde vamos a ir? A descabezarte en un pilón.

Se abrió paso a hachazos Se comió Me comí parte del recorrido entre los grandes vivos de la tierra Los grandes de la vida para comprender qué mandaba La voz decía —Mata a García— Entre las grandes hojas verdes bien tajadas que como tajos de vegetal grueso y forros de vaina viviente cubrían y

abrazaban la piel vegetal Las raíces y los nudos de madera más duros y toneladas de insectos y alimañas volcadas en las húmedas sombras del percal que como sumideros desesperados drenaban la temperatura y la fuerte transpiración de la zona interminable Todo bien envuelto y cuando más avanzaba más profundo me parecía el estómago lujuriante de la jungla que tenía hipnotizadas a todas las fieras salvo a ti y a nuestros amigos, ridículos turistas de la muerte.

Las enjundiosas raíces y el tapiz de vegetación silvestre Yo me hubiera ido allí mismo de cabeza contra la cabeza rota de García muerto, ésa es la guerra, la más gruesa, reconocible arteria del mundo pero el corazón todavía quedaba lejos. Y yo caminaba ciego por la luz y mis amigos lo mismo Todos perdiendo pidiendo un poco de agua un poco de socorro en el que refrescar sus espaldas agotadas por la luz que hostigaba las pupilas hasta hacerlas girar y reventarlas rechinando de disgusto; incomprensibles.

Barro Paja Trompicones Tropiezos Sudor Afán Amasado Recoger el afán Recopilar los intereses El afán de la tierra que ya corre por los tobillos Los pies son suyos ya me los devolverá

 © 2019 Begoña Egurbide

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