Installation

 

 

De hecho en un solo cuadro está toda la pintura. En un solo cuadro. Con un solo cuadro se diría, se expresaría todo, entonces, qué motiva a hacer no uno sinó dos y luego tres, cuatro, cinco, seis, cincuenta y. segundo, a que éstos se agrupen naturalmente por secciones de tres, seis, que a su vez utilizan determinados formatos, de una manera simple —grandes, medianos, pequeños—.

Está claro, después de todos los años que llevo pintando que el cuadro es

mi unidad o, por lo menos, lo ha sido hasta ahora. Siempre he trabajado sobre el cuadro, incluso cuando desarrollo el sentido de la instalación. Sobre un cuadro. Y sólo me he permitido, a lo sumo, hacer fraternizaciones. A lo más que he llegado con un cuadro es a partir de los mismos planteamientos para realizar otro cuadro. En realidad y aunque parezca lo contrario, ni siquiera he hecho series, es decir, variantes. Cada cuadro es uno. único, y puede formar un conjunto de unidades que refuerzan al único cuadro que hay detrás.

Hablar de «proyecto» es contradecir la idea de un solo-cuadro-para-siempre. El «proyecto» es los distintos

 

ante él, qué razones movieron a hacerlo de ese modo y no de otro modo cualquiera.

Y, sobre todo, a hacerlo en vez de no hacerlo.

Por dónde se entra en él y por dónde se sale, de dónde viene y a dónde se dirige.

Y todo eso ha de ser evidente, perceptible. De lo contrario el discurso se echa

a perder, se rompe, se troncha. Carece de código, tiene lenguaje poco claro o no lo tiene.

Y es que por encima de todo cualquier realización catalogada como artística, de la índole que sea, ha de reunir orden y sentido.

Sólo en ese caso un trabajo artístico es capaz de interesarnos. Ordenar impresiones, intuiciones, emociones, motivaciones, sistemas racionales y transmitirlos, hacerlas perceptibles de ser transmitidas y conferir un sentido a esa disposición u orden que hemos establecido.

Primero, una obra de arte nos ha interesado porque nos enseñaba el modo de otra persona, nos hace que la compadezcamos, que la admiremos, nos hace sonreir. que compartamos su mundo, luego nos muestra la nuestra y, por último, porque nos enseña la de todos; nos hace comprender que no es la de un individuo sino la expresión de todos. Según se presenta el arte es una suerte de

 

estadios o caras de ese cuadro único y global al que vengo refiriéndome. Esas distintas caras son el cuadro único.

Un cuadro no puede ser un instante. Un cuadro bastaría para definirme pero necesito todos; me parece; y necesitamos definirnos constantemente. Por eso vamos pintando. Voy dejando constancia cada vez porque el cuadro que hice hace un momento, hace unos días, hace unos años ya no me sirve.

Utilizo, empleo la pintura para definirme. Tal vez en

eso consista ser un artista. Resulta obvio.

El cuadro para mí no es un misterio. Ni se trata del lienzo en blanco. El cuadro ya está hecho.

Soy yo quien no está hecha. Es mi yo quien está en blanco. Precisamente por eso pinto, para prenderme a partir del cuadro, de mi cuadro que me hace a mí.

Muchas veces un cuadro es demasiado fácil, difícil.

Fundamentalmente el cuadro se refiere a mi tiempo, mi espacio, mi consistencia, mi volumen, mi ritmo, mi tono. Pero también a los demás cuadros; los cuadros de otros que serían una especie de sombra y señal, necesaria y precisa.

No utilizo referencias figurativas porque me resulta más directa y clara la pintura. Los elementos concretos

transacción económica del espíritu, el arte; una especie de arreglo de cuentas entre los seres humanos, no parece ir mucho más allá.

Esa es la culminación y el resultado del trabajo del artista (mejor muerto que vivo); una gloria doméstica que imita con debilidad a la naturaleza, incluso de aquellos que trabajan fuera del curso reconocido.

Pues bien, aún cuando se llega a esa valoración a la baja del arte y por extensión de la vida, permanece la impresión de gravedad, cuando menos de que, a pesar de todo debemos estar muy cerca o bastante bien conectados y finalmente hemos aparecido al borde de un camino decisivo por el cual transitan carros de fuego que los profetas toman al vuelo y los artistas abordan con pequeñas escaleras del universo. Una posición privilegiada el ser humano, el artista.

 

entorpecerían. Desde hace uno o dos meses he empezado a utilizarlos porque ha aparecido el lado emblemático del adorno. Físicamente me ha venido la conciencia de pertenecer a determinada coordenada de sociedad y geografía.

El cuadro no es estático, el cuadro se mueve.

Cambia, y cambia todo lo referente a él.

Cuando lo consigo es cuando recibes lo que hay debajo de la pintura. Algo

precisamente con identidad y móvil.

Pero no es una metáfora. El cuadro es lo que tengo delante de los ojos y nada más. No es una alegoría, quiero decir que no se trata de sugerir, de crear estados de ánimo o de emotividad.

Sólo puedo pintar porque sé que la pintura es capaz de ser por sí misma. La pintura que yo hago.

Sin embargo el trabajo de todos cuando se incorpora y entreteje forma un anexo testimonial, referencial. Tengo conciencia de eso pero nunca mientras trabajo, probablemente porque la cultura no es por sí misma.

El espíritu que requiere la elaboración artística y la obra de creación están en un terreno virgen y, en cierto modo, inaccesible.

Siempre tengo la impresión de estar situándome

 

Colocándome yo misma en un sitio  determinado. No sé cómo es ese sitio ni dónde está y ni siquiera me preocupa de antemano porque sé que en el mismo instante en que sepa que lo ocupo algo me empujará a abandonarlo. Es esa una experiencia vital común, una evidencia dramática que todos padecemos, aunque lo dramático de veras es que no sepamos porqué tendemos al absoluto que una tras otra vez nos da pruebas de su imposibilidad. Un cuadro me lleva a otro pero en realidad busco el mismo cuadro. El único cuadro posible.- También tengo la impresión de que esa cuestión empieza y termina en mí misma. Un juego de morderse la cola que sin embargo es lo más real que puede pasarme. Es lo más real que siento.

La cuestión es que cuando nos pongamos delante del cuadro se entienda.

El problema es que cuando alguien se coloque delante del cuadro lo entienda.

Entienda qué se quería decir, qué pretendía: quería explorar, investigar, afirmar, reforzar.

Dónde empieza y dónde termina. Por dónde cogerlo, en una palabra. Que el cuadro se explique y que cuando al fin alguien se coloque ante él comprenda por dónde iban los tiros y caiga herido quizás

 © 2019 Begoña Egurbide

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